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Tendencias en Foco nº35: Género y generaciones en América Latina

Fernando Filgueira, Juliana Martinez y Cecilia Rossel develan dos indicadores clave, que frenan el actual ciclo expansivo: la infantilización y feminización de la pobreza.

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Foto: Operativo El Impenetrable. Autor ANSES. En Flickr / CC-BY-NC-ND-2.0

 

 

INTRODUCCIÓN
Los desafíos sociales de la región persisten luego de casi una década y media de bonanza económica, caída de la pobreza, disminución de la desigualdad y mejora en las tasas de empleo así como en su calidad y salarios. La pobreza sigue siendo alta así como la desigualdad. La mayor parte de los egresados de la pobreza presenta una configuración de recursos y posibilidades altamente vulnerable y el ciclo económico expansivo ha sido clausurado con países que presentan muy bajas tasas de crecimiento en algunos casos o directamente recesión o estancamiento en otros.
Tal vez, la señal más importante que permite entender los frenos y bloqueos que el actual ciclo expansivo presentaba se encuentra en dos indicadores clave: la pobreza en este período de dinamismo y disminución se infantilizó y se feminizó.
Si bien el crecimiento o más precisamente, un estilo de crecimiento que permita cerrar las brechas de productividad que caracterizan a la realidad regional de heterogeneidad estructural sigue siendo el gran debe económico, en este documento se argumenta que las dos palancas de cambio social fundamentales para lograr un desarrollo social sostenible se encuentran en la redefinición del contrato generacional y de género. El logro de un régimen de bienestar igualitario y eficiente descansa en una alianza con las mujeres y con la primera infancia. Dicho contrato debe ser sensible a las desigualdades de clase que interactúan con las desigualdades de género y generación.
El tema de la primera infancia como clave de desarrollo económico y social de las naciones ha adquirido creciente centralidad en la academia y en los debates sobre políticas públicas. En América Latina, dicho proceso se ha hecho evidente y ya ha generado impactos en transformaciones concretas de las políticas públicas. Desde los cuidados infantiles tempranos, pasando por la educación inicial, las licencias para padres y madres hasta las políticas socio-asistenciales y sanitarias focalizadas para los niños y madres en situación de alta vulnerabilidad, vemos en la región un nuevo repertorio de medidas que tuvieron poco o tímido desarrollo en las décadas finales del siglo veinte, pero que muestran mayor impulso en el nuevo siglo.
Diversos factores han contribuido a mover la cuestión infantil paulatinamente hacia el centro de la cuestión social en América Latina. Algunas de estas razones derivan de evidencia empírica concreta sobre tendencias regionales, otras de avances en el conocimiento y en las investigaciones y teorías sobre formación de capacidades y sobre efectos inter-temporales de la inversión en primera infancia. Por un lado, la región presenta una marcada infantilización de la pobreza, con proporciones muy superiores al promedio poblacional de niños en situaciones de pobreza extrema y pobreza. Por otro lado, los estudios demográficos en la región muestran una acelerada caída de la fecundidad promedio, lo cual en algunos países abre una ventana de oportunidades demográfica y en otros anuncia su próximo cierre, resaltando la importancia de realizar adecuadas inversiones en cohortes que son cada vez más pequeñas y que serán, en el futuro, quienes deban sostener a una población más envejecida. Asimismo, desde los estudios básicos, la neurociencia muestra el importante impacto que las condiciones de partida tienen sobre las posibilidades de desarrollo futuro de las personas. En este mismo sentido, los estudios desde las ciencias sociales demuestran al menos dos cosas: que el combate a la desigualdad debe iniciarse en la etapas tempranas de la vida ya que una vez que cristalizan las desiguales oportunidades en desiguales capacidades se torna muy complejo revertir dichos procesos (Esping-Andersen, 1999; Heckman, 2012), y, que en términos de eficiencia económica, la inversión social en la primera infancia e infancia, posee efectos mucho más marcados sobre la formación de capacidades que similares esfuerzos en las etapas subsiguientes de la vida (Heckman, 2012). Por último, pero de manera alguna menos importante, ha sido el avance del abordaje en base a derechos. Esta perspectiva le ha permitido a la infancia dejar de ser una categoría pasiva dependiente de la familia y pasar a ser sujetos de derechos, ante los cuales el estado y no la familia, es el garante último .
De alguna manera, el proceso secular de privatización del bienestar infantil (Furstemberg, 1997) en donde las familias eran en última instancia las responsables del mismo, ha sido socavado por estos diversos desarrollos. Los mismos han puesto en evidencia a) que la pobreza infantil y sus magnitudes no son un atributo derivado de incapacidades puntuales de los hogares, sino un rasgo estructural de nuestras sociedades; b) que dejar librado a las fuerzas del mercado y a las estructuras familiares y sus capacidades el bienestar infantil es ineficaz socialmente e ineficiente desde una perspectiva estrictamente económica, c) que no es posible lógica, institucional ni normativamente diseccionar las responsabilidades del estado y de las familias en la vulneración –o por el contrario promoción- de los derechos de la infancia. Se requiere, por tanto, de un estado garante que vele por las capacidades de las familias y que regule las acciones de sus miembros.
Por otra parte, junto con la emergente identificación de la infancia como grupo clave para el desarrollo económico y social en el presente y futuro, la región asiste a un cambio epocal en los últimos treinta años, solo asimilable en importancia al proceso de migración campo-ciudad que caracterizó a la región entre 1940 y 1980: la incorporación de la mujer al mercado laboral.
Este proceso ha redefinido los mercados laborales, las familias y la forma en que el estado se relaciona con las personas y las familias. Las tasas de participación laboral femeninas han crecido más de 20% en estos años, así como las tasas de empleo. En las edades típicamente activas, estas tasas se han incrementado en casi 30 puntos porcentuales.
Sin embargo, la incorporación de la mujer al mercado laboral enfrenta un bloqueo estructural presente en la división sexual del trabajo en el hogar, en donde son estas las que cargan con el grueso de las tareas no remuneradas orientadas a la reproducción social y biológicas de los hogares. Por otra parte, la incorporación de la mujer al mercado laboral ha sido por demás estratificada. Mientras las mujeres con educación terciaria presentan tasas de participación del 70% (un 10% menos que los hombres), las mujeres con educación primaria o menos, presentan tasas del 40% (un 40% por debajo de la de los hombres). Por ello, los cambios en la educación promedio de hombres y mujeres (que hoy presenta valores superiores en el caso de las mujeres) no han permitido cerrar estas brechas de participación entre hombres y mujeres, generando un masivo desperdicio de capital humano. Finalmente, los cambios en las estructuras familiares con el incremento de los hogares monoparentales, re-ensamblados o recompuestos y en unión libre han dejado en muchos casos a mujeres y niños en situación de vulnerabilidad.
Los actuales desafíos económicos, sociales y demográficos en América Latina requieren de una fuerte inversión en infancia y de un nuevo contrato de género. Como punto de partida, se establece un diagnóstico estructural en donde serán consideradas cuatro variables: el balance generacional del bienestar (relación entre la pobreza infantil y la pobreza general), la participación de la mujer en el mercado laboral y su distribución entre estratos sociales, los niveles de fecundidad y su distribución entre estratos sociales y la orientación etaria del gasto público social. Es relevante contrastar la realidad de la región con el comportamiento que en estas variables tienen países industrializados. Estos países también debieron enfrentar las fases avanzadas de la transición demográfica y la exigencia de insertarse globalmente en economías que requieren de mayor flexibilidad y dinamismos en los movimientos del trabajo y el capital.

1. Configuraciones sociales y orientación generacional del esfuerzo fiscal social: claves inter-generacionales de la prosperidad e igualdad

Los países de América Latina, especialmente los de mayor avance relativo en materia demográfica, atraviesan en la actualidad por la etapa que se ha dado en denominar como ventana de oportunidades demográfica. En la misma, la relación entre activos y población dependiente mejora, ya que la fecundidad y el tamaño de las nuevas cohortes disminuye, pero el proceso de envejecimiento es aún incipiente. Sin embargo este período de tasas declinantes de dependencia llega a su fin en los próximos 5 a 10 años en los países más avanzados, 15 años en los países intermedios y hacia el año 2045/50 en los países más tardíos.
El tamaño medio de las cohortes se encuentra en un acelerado descenso en casi toda la región, como puede constatarse en la marcada caída de la fecundidad. Ello se agudiza, en materia de natalidad, en los países en donde la estructura de edades ya impacta sobre la disminución de las mujeres en edades fértiles como se da en el caso de Uruguay y Argentina y en un futuro cercano México, Brasil, Chile y Costa Rica.

 

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