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Tendencias en Foco nº27. “Yo pensaba que era como en las películas…” Reflexiones en torno a los jóvenes latinoamericanos y las migraciones internacionales.

La especialista en estudios de población, Carolina Rosas reflexiona en este artículo sobre distintos aspectos de la experiencia migratoria de los y las jóvenes latinoamericanos.

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Sin lugar a dudas hay en los estudios de migración una mirada adultocéntrica del fenómeno. Este artículo reflexiona sobre distintos aspectos de la experiencia migratoria de un grupo de población que ha concitado escasa atención: los y las jóvenes. En estas páginas se han seleccionado algunos aspectos fundamentales para la comprensión del fenómeno, así como para el armado de una agenda analítica y política que atienda las especiales condiciones de los adolescentes y jóvenes migrantes. Si bien las trayectorias migratorias pueden ser diversas –porque dependen de sus características y de los condicionamientos de los contextos sociales, económicos, políticos y culturales de los orígenes, tránsitos y destinos– aquí nos detendremos en algunas de las experiencias más salientes de jóvenes ubicados en los tres principales destinos de los latinoamericanos: Estados Unidos, España y Argentina.

Si bien existe una gran discusión acerca de cómo comprender las juventudes, considero que las mismas se construyen relacionalmente, en la interacción social, y que su materia básica es la edad procesada por la cultura (Margulis, 2009).1 La migración, como otros fenómenos sociales, tiene fuertes y variados impactos en la construcción de las juventudes. La experiencia migratoria puede ser considerada una transición dentro del curso de vida de las personas (Ariza 2000), aunque no necesariamente constituye un “evento de transición a la adultez” desde el punto de vista sociodemográfico (Singley y Landale, 1998; Ariza, 2000; Ciganda y Bengochea, 2010; Ferraris y Rosas, 2011). De hecho, muchos de los jóvenes latinoamericanos que he entrevistado –mexicanos, peruanos, paraguayos, bolivianos– migraron para poder “seguir siendo jóvenes”. Sólo unos pocos lo lograron, mientras que la mayoría se vio rápidamente atravesado por las dificultades que enfrentan todos los migrantes pobres. En los relatos de las circunstancias en que comprendieron que la migración “no era lo que habían imaginado” se observa que allí ocurrió una pérdida de la inocencia, un desencanto que podría considerarse un punto de inflexión que los acercó a la adultez.

En la región hay alrededor de 30 millones de emigrantes internacionales, de los cuales Estados Unidos recibe algo más del 70%, los destinos intrarregionales –principalmente Argentina y Venezuela– reciben alrededor del 11%, y España un 9% aproximadamente (Martínez Pizarro, 2013). Los jóvenes forman parte de estas cifras, pero su importancia está en discusión y, por supuesto, depende del criterio etario que tomemos. Por la falta de fuentes especialmente diseñadas para una captación específica de los flujos, los análisis sociodemográficos se suelen apoyar en datos censales de stocks y en criterios etarios que permitan la comparación entre distintos países y regiones. Dependiendo de si se comprende la juventud de forma acotada o prolongada, los especialistas suelen elegir los grupos de edades 15-24 o 15-29, respectivamente, como indicativos de la etapa juvenil.

En Estados Unidos, datos recientes (2007) indican que cerca de 5,5 millones de jóvenes de entre 15 y 29 años originarios de América Latina y el Caribe se encontraban en ese país, representando más de un 25% del total de inmigrantes de la región (Martínez Pizarro, 2009). En España ha aumentado el protagonismo de los jóvenes a través del tiempo. Mientras que a fines de la década de los ochenta representaban poco más del 30%, en el quinquenio 2001-2005 representaron el 40% de todos los flujos (Domingo y Bayona, 2007). Sin embargo, hay características heterogéneas según país de nacimiento. “Aunque ningún grupo presenta una participación de los jóvenes inferior al 30% del conjunto, se destacan los brasileños (50,9%), los mexicanos (49,3%) y los paraguayos (48,3%)” (Martínez Pizarro, 2009: 342).

Todavía no están disponibles los datos de todos los países latinoamericanos referidos a la ronda censal de 2010, pero podemos aproximarnos a la importancia de los jóvenes en la migración intrarregional a partir de los datos de la ronda censal anterior. Según Jorge Martínez Pizarro (2009) el stock de migrantes jóvenes –entre 15 y 29 años– alcanzaba una cifra superior a las 400 mil personas, equivaliendo a casi un 23% del conjunto de migrantes intrarregionales. La composición según sexo indicaba un leve predominio de mujeres sobre los varones. Cabe señalar que los dos principales destinos de los flujos de inmigrantes regionales, Argentina y Venezuela, presentaban los menores porcentajes de jóvenes inmigrantes, un 21% y casi un 17%, respectivamente. En el otro extremo se ubicaban países con elevados porcentajes de jóvenes entre sus inmigrantes regionales: República Dominicana (el 41% de sus inmigrantes regionales son jóvenes), Costa Rica y Chile (algo menos del 40%).

Como puede observarse, cuando comprendemos de forma amplia la juventud (hasta los 29 años) encontramos una alta participación en el fenómeno migratorio. Quisiera agregar que en un estudio en el cual se incluyeron diferentes países alrededor del mundo, McKenzie (2008) encontró que los jóvenes de entre 12 y 24 años de edad constituían alrededor de un tercio de los flujos y un cuarto de los stocks migratorios internacionales. Es decir, si bien McKenzie toma un criterio etario más acotado y sus cifras no refieren solamente a América Latina, cabe resaltar la importancia cuantitativa de los jóvenes y adolescentes en los stocks y flujos migratorios globales. Aún cuando reconozco la arbitrariedad del criterio etario, considero que el grupo de edad tomado por McKenzi o el 15-24 son más apropiados si queremos comprender y proteger a quienes tienen menos recursos para enfrentar la empresa migratoria.

McKenzie menciona, además, que la proporción de jóvenes en general, y la de aquellos que se mueven en forma independiente, son mayores en las migraciones Sur-Sur que en las Sur- Norte. Las mujeres representan alrededor del 50% de los flujos de jóvenes, y a diferencia de los jóvenes varones, ellas son más proclives a migrar casadas o acompañando al esposo.

Ahora bien, sabemos que la importancia de un fenómeno social no sólo está dada por sus magnitudes cuantitativas, sino especialmente por sus aristas cualitativas y sus necesidades en materia de protección de derechos y garantías. Si bien en las páginas siguientes me apoyaré en los hallazgos de diversos colegas, retomaré algunos de los propios realizados en México y Estados Unidos (Rosas, 2008), así como en el Área Metropolitana de Buenos Aires con migrantes peruanos (Rosas, 2010), paraguayos y bolivianos (Toledo y Rosas, 2014). Se trata de conjuntos de jóvenes incorporados en dos importantes flujos, uno dirigido al principal destino extra regional, y otro al principal destino intrarregional. Ambos posibilitan el establecimiento de importantes contrastes en cuanto a la vivencia juvenil de la migración.

CAUSAS, MOTIVACIONES Y DECISIONES MIGRATORIAS

Al igual que las migraciones de los adultos latinoamericanos, las de los jóvenes se ven impulsadas por una serie de factores que involucran tanto a los países de origen como de destino. Con seguridad, otro sería el panorama migratorio si no se hubieran registrado en la región intervenciones políticas y económicas de signo neoliberal que dañaron las trayectorias ocupacionales de los padres y madres sostenedores de los hogares. Se ha documentado (Ariza 2011; Pessar 2005; Parella 2003; etc) que el crecimiento de las oleadas migratorias contemporáneas está atado a la profundización de la desigualdad social y al deterioro del mercado de trabajo en los lugares de origen, producidos por los procesos de reestructuración productiva y apertura económica que, a su vez, promovieron efectos negativos sobre la cantidad y calidad de los puestos de trabajo. Por otro lado, desde los países de destino, en especial los del Norte, hay una particular demanda de mujeres migrantes para el trabajo doméstico y de cuidado, y de varones para tareas no calificadas como la construcción. Eso está relacionado con la polarización de la estructura ocupacional que acompaña a la terciarización, la preferencia por la contratación de migrantes por constituir mano de obra barata, el envejecimiento de la población, la tendencia a la dispersión geográfica de la familia, el aumento de la participación económica de las mujeres y –yo agregaría– por la escasa participación de los varones de los países de destino en las tareas del hogar y de cuidado.


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 Foto: BR-L1289: The Acre Sustainable Development Program (PDSA-II). Galería de fotos del Banco Interamericano de Desarrollo (http://www.iadb.org)

Las motivaciones migratorias de los adultos suelen concentrarse alrededor de lo económico-familiar. Sin embargo, entre los jóvenes suele observarse mayor variedad de razones para migrar; y aunque suelen nombrar alguna como principal, las mismas pueden convivir en niveles de importancia relativamente similares. Por ejemplo, entre las motivaciones de los jóvenes peruanos que entrevisté en Buenos Aires se destacan: desear realizar o terminar una carrera profesional; trabajar en la profesión que habían adquirido; ser independientes en términos económicos; colaborar económicamente con padres o hermanos menores; conocer otras costumbres; sentirse libres y alejarse de los mandatos paternos; alejarse de novios/as; desear reunirse con familiares que estaban en Argentina; anhelar irse a un país del “primer mundo”, para lo cual Argentina era visto como un “trampolín”. Por otro lado, entre los jóvenes mexicanos que entrevisté en Chicago también se observan diversas motivaciones migratorias. Para muchos de los varones ella representaba la posibilidad de competir con sus pares, a quienes esperaban superar en aventuras, conocimientos y experiencias. Algunos buscaban dejar atrás situaciones familiares opresivas, mientras que otros querían demostrarle al padre que ellos eran dignos de confianza; trataban de ganarse su amor. Las jóvenes que eran “madres solteras” veían en la migración una forma de ayudar a sus hijos y dejar atrás las sanciones sociales de su familia y de su comunidad.

En pocas palabras, a diferencia de los adultos, los jóvenes suelen ofrecer una mayor diversidad de motivaciones para migrar y más altas expectativas acerca de los logros que esperan obtener en el destino. “Muchos jóvenes están entusiasmados ante la perspectiva de dejar su hogar e instalarse en otro lugar” (nuestra traducción) anuncia Naciones Unidas (2013), al mismo tiempo que reconoce la importancia que la “aventura” y el “conocimiento de nuevas culturas” tienen como motivaciones juveniles. De hecho, “yo pensaba que era como en las películas (…) Me imaginaba estilo Europa” fue una reflexión arrojada por una joven peruana entrevistada en Buenos Aires, al relatar cómo se había imaginado su migración.2 Por supuesto, en la medida que las expectativas de los jóvenes son más altas, también suele ser más pronunciada la frustración cuando no se las alcanza.

Debemos resaltar la relevancia motivacional de las representaciones transmitidas por el grupo de pares acerca de la migración y de los destinos. Los deseos de “hacer lo mismo que mis amigos” aparecen con gran frecuencia en las voces de los jóvenes. Además, en la construcción de esas motivaciones migratorias y en las decisiones que los jóvenes toman, la familia también tiene un rol primordial; ya sea porque requiere la asistencia del hijo/a para su subsistencia, porque le brinda soporte material y emocional, etc. (Naciones Unidas, 2013). En otras palabras, las “familias de jóvenes migrantes se constituyen alternativamente como soportes fundamentales, facilitadores de proyectos personales y/o escenarios de conflictos y mandatos coercitivos” (Di Leo y Tapia, 2013: 208). Al igual que señala McKenzie (2008), en mis investigaciones he podido observar una mayor injerencia de la familia en la experiencia migratoria de las mujeres jóvenes. Magalí Gaudio (2014) encuentra una situación similar entre las jóvenes paraguayas, así como Ivonne Szasz (1999) lo señala para algunas jovencitas mexicanas.

Las motivaciones asociadas con los estudios superiores –terciarios y universitarios– merecen más atención. Se ha mencionado que la tendencia a escoger países por las oportunidades educativas se restringe a unos pocos grupos (McKenzie, 2008; Martínez Pizarro, 2009). La motivación de estudiar está relacionada con las posibilidades que otorgan los países de origen, con la condición documentaria del migrante y con las posibilidades conocidas acerca del destino. La mayor parte de los jóvenes mexicanos y centroamericanos que migran a Estados Unidos, y en particular los indígenas, no tiene como expectativa la realización de estudios terciarios o superiores, porque su documentación es irregular y porque el país de destino les ofrece nulas posibilidades de incorporarse a la educación superior. En cambio, muchos jóvenes peruanos mantenían expectativas de realizar estudios superiores en Argentina. Esto último se explica por tres factores principales: porque Perú presenta un sistema universitario público que sólo recibe a una muy pequeña parte de los aspirantes, de modo que una gran proporción de jóvenes resulta excluida de la educación superior; porque se trata de una población que, independientemente de la migración, se caracteriza por tener altos niveles de escolaridad y grandes expectativas en la educación como factor de movilidad social ascendente; y porque Argentina es, para con los migrantes, bastante menos excluyente que los países del Norte.3

Otro aspecto que merece destacarse, es que buena parte de los jóvenes peruanos que entrevisté en Buenos Aires manifestó que, en lugar de migrar, hubieran preferido quedarse en Perú y realizar algún tipo de estudio superior, terciario o universitario, u obtener un empleo formal en el campo de su interés. A conclusiones similares llegan Gaborit y otros (2012:158) en un estudio sobre jóvenes salvadoreños, donde señalan que la posibilidad de estudiar resulta un factor catalizador del proceso migratorio. Según los autores, el acceso a la educación juega un papel fundamental “dentro del proceso de toma de decisión sobre migrar o no. Sin embargo, su efecto se ve mediado por el acceso y la estabilidad laboral que se pueda llegar a tener una vez concluidos los estudios”. Los jóvenes salvadoreños exponen su deseo de estudiar, y señalan que el proyecto migratorio sería abandonado si tuvieran la oportunidad de continuar sus estudios, al menos temporalmente. Mencionan, además, que la valoración de migrar entraría en juego nuevamente si, una vez culminados sus estudios, les fuese imposible obtener un empleo digno y estable que les permita aportar a la economía de sus familias y lograr cierto nivel de independencia.

Estos hallazgos ponen de relieve, una vez más, la importancia de atender el “derecho a no migrar”. Este derecho no sólo compete a las elites gobernantes de los países de origen que postergan la instrumentación de condiciones educativas y laborales incluyentes y de calidad; sino también al empresariado –nacional y transnacional– y a los países de destino que no están dispuestos a promover una distribución más equitativa de la riqueza, y que cotidianamente se apropian del producto que generan millones de migrantes.

JÓVENES Y ADOLESCENTES SIN COMPAÑÍA EN TRÁNSITOS PELIGROSOS

Resulta complicado encontrar estadísticas acerca de las formas predominantes en que los jóvenes encaran sus movimientos, porque la mayoría de las fuentes de que disponemos indagan acerca de la etapa posmigratoria, y no así sobre la premigratoria o el tránsito. ¿Cuántos migran solos? ¿Cuántos lo hacen acompañados? ¿Quién los acompaña? ¿Por qué? Estas preguntas son relevantes desde que se preocupan por las condiciones en que los adolescente y jóvenes emprenden tránsitos que pueden incluir el cruce de más de una frontera internacional, pueden tardar desde semanas hasta meses, lapso durante el cual deben interactuar con distintos tipos de actores, algunos de los cuales vulneran su integridad de diferentes maneras.

Si bien los jóvenes latinoamericanos que se mueven hacia España o hacia los destinos intrarregionales no están exentos de experimentar dificultades durante el tránsito, de ser abusados de diversas maneras y de ser sometidos en redes de trata (véase Cerrutti, 2009), lo cierto es que estos tránsitos no presentan los peligros extremos que se encuentran en México y en el cruce de su frontera con Estados Unidos.

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Foto: DSC02253. Autor: Rafael Jimenez. /  Flickr.com / CC BY-NC-ND-2.0

En algunos casos, los jóvenes corren la misma suerte que los adultos  al tratar de llegar a Estados Unidos. Uriel, un  joven mexicano a quien  tuve la oportunidad de  entrevistar en Chicago, mencionó que su  grupo fue  perseguido por rancheros estadounidenses durante el   cruce de la frontera: “nosotros íbamos corriendo cuando  empezamos  a escuchar tiros… ¡ay! Allí sí fue donde me  daba miedo porque yo me  sentía entre los tiros (…) En las  ramillas se escuchaba cuando  pasaban zumbando las  balas…” Ser “cazado” por rancheros es un  evento que se  suma a las condiciones climáticas extremas, a las  extenuantes jornadas de caminata sin comida ni agua por terrenos quebrados y espinosos, al atropello de pandillas y narcotraficantes, abusos de índole sexual, etc.4  Esa sucesión de hechos son, indudablemente, más complicados de sobrellevar para los adolescentes y jóvenes, máxime cuando transitan sin compañía parental.

Ha impactado la reciente noticia de una niña de 12 años de edad, Noemí, que salió de Ecuador sin familia ni otros conocidos e intentaba llegar a Estados Unidos. Fue detenida por las autoridades mexicanas en Ciudad Juárez junto a un “coyote” y pocos días más tarde apareció muerta en un refugio para niños migrantes.5 Si bien el caso de Noemí puede tener ribetes excepcionalmente dramáticos, la National Resettlement Agency asegura que durante 2014 prevé atender a nueve veces más niños y adolescentes que migran solos, que en los tres años anteriores. Otro dato que nos inclina a pensar que el fenómeno de las migraciones de adolescentes y jóvenes sin compañía parental está aumentando, que trascurre en condiciones dramáticas y requiere de la inmediata atención de las autoridades competentes, es que importantes organizaciones de derechos humanos internacionales, mexicanas y centroamericanas, junto con especialistas y académicos reconocidos, están ahora impulsando una campaña para recaudar fondos con el fin de analizar y dar los primeros pasos para la creación de una Clínica de Asesoría Legal para Niños y Jóvenes centroamericanos sin compañía que son detenidos en México. Además, en estos días se acaba de crear la “Comisión para la Atención Integral de la Niñez y Adolescencia Migrante” a través de un Acuerdo Gubernativo en Guatemala.

Los tránsitos constituyen una fase de los movimientos migratorios que no ha recibido la suficiente atención en las agendas de investigación. Menos aún en relación a los jóvenes. Son las organizaciones de derechos humanos, algunas de ellas de carácter local y con pocos recursos, las que están reaccionando ante la evidente mayor llegada de niños, adolescentes y jóvenes solos, varios de ellos indígenas. No se han analizado con suficiencia las consecuencias objetivas y subjetivas que esas experiencias acarrean. Por supuesto, detrás de estas “nuevas tendencias migratorias” se encuentran las políticas que dificultan la migración y la reunificación familiar, las que obligan a retornos compulsivos y el generalizado endurecimiento de la vigilancia fronteriza.

LAS “POSMIGRACIONES”

El acceso a la educación, las condiciones en las que se da la inserción en el mercado de trabajo, la atención a la salud, las condiciones habitacionales, la exposición a prejuicios y estereotipos que dificultan la inserción en el país de acogida, entre otros, son factores principales que deben figurar en la agenda de investigación y política sobre adolescentes y jóvenes migrantes, hijos de migrantes y retornados.

En los tres países de destino considerados se han realizado estudios dedicados a comprender el desenvolvimiento y las circunstancias en que transcurre la presencia de adolescentes y jóvenes migrantes e hijos de migrantes en las escuelas (Matute-Bianchi 1991; Carger, 1996; Olmedo, 2009, Cerrutti y Binstock, 2012; Novaro, 2005; Domenech, 2013; Pedone 2010; entre otros). Por un lado, los resultados no son muy alentadores en cuanto a la evidente discriminación que muchos de estos jóvenes suelen experimentar por parte de sus compañeros, sumado a las limitadas destrezas por parte de directivos, maestros y profesores para resolver esas problemáticas.

Por ejemplo, en el estudio de Cerrutti y Binstock (2012) sobre adolescentes paraguayos, bolivianos y peruanos en escuelas medias del Área Metropolitana de Buenos Aires, se concluye que en lo que respecta a los vínculos entre estudiantes, los alumnos migrantes tienden con mayor frecuencia a sentirse inseguros dentro de la escuela, lo cual está asociado a los maltratos dados por los propios compañeros por su condición de extranjeros. Por otra parte, Irma Olmedo (2009) analizó las condiciones educativas y particularmente los conflictos que emergen en el entorno urbano de las escuelas a las que asisten niños mexicanos y puertorriqueños en Chicago. La violencia que circula alrededor del espacio escolar afecta especialmente a los niños migrantes o hijos de migrantes. Las características de esa violencia son similares a las que encontramos en Argentina.

Según Di Leo y Tapia (2013) las experiencias de discriminación constituyen pruebas que los jóvenes migrantes deben afrontar en diversos momentos de sus vidas. La estigmatización originada en la condición de migrante lleva a los jóvenes a desarrollar diversas tácticas para ocultar los símbolos de estigma, entre las que sobresale la de intentar “borrar las diferencias” para ser reconocidos como iguales por el resto de la sociedad.

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 Foto: 130101PN: Health Equity Improvement and Services Strengthening Program. Galería de fotos del Banco Interamericano de Desarrollo. / http://www.iadb.org.

Por otro lado, y a pesar de las experiencias de discriminación, Cerrutti y Binstock (2012) también señalan que el rezago escolar es menor entre los extranjeros y los hijos de inmigrantes que entre los estudiantes con padres y madres argentinos. “El mejor rendimiento educativo también se hace evidente en el más bajo porcentaje de quienes se han llevado materias a examen el año anterior y en su menor ausentismo. Estos rasgos de los inmigrantes son más pronunciados entre los de origen boliviano, quienes son los que dedican más tiempo promedio al estudio” (Cerrutti y Binstock, 2012). Silvina Corbetta (2012) llega a conclusiones similares en sus estudios realizados en Chile y Argentina. Las autoras también remarcan que la incidencia de adolescentes que conjugan estudios con trabajo para generar un ingreso, es significativamente más elevada entre los estudiantes extranjeros.

En cualquier caso, la escuela se presenta como un espacio donde se tejen relaciones complejas alrededor de los jóvenes migrantes, y donde resulta vital motorizar intervenciones para una mayor equidad educativa en contextos de diversidad cultural. A menudo, las voces de los docentes y equipos directivos mencionan la diversidad cultural como un desafío que deben asumir, pero sobre el que no se tiene la “formación suficiente” para gestionarlo educativamente, no pudiendo transformar esa dificultad en un contenido pedagógico concreto y sostenido en el tiempo. Las prácticas escolares suelen omitir la oportunidad que esa diversidad genera para el trabajo pedagógico, a la vez que la presencia de lo “diverso” es solamente significada como “problemas” (dificultades en la incorporación de contenidos, dificultades en “el lenguaje” en el caso de los indígenas, dificultades en la relación entre alumno migrante y alumno no migrante, o entre alumno migrante y profesores) que se analizan desde la observación de los propios docentes o del equipo directivo. Aún en los casos, en que el alumno migrante represente el alumno “ideal” (el que se ajusta a las normas establecidas en comportamiento, estudio, presencia, etc.) su “incorporación” se define siempre por si éste se adapta a las reglas preestablecidas de la institución, no haciendo demasiado lugar a la novedad que el mismo trae. Tales son las conclusiones del trabajo de Silvina Corbetta (2012) en el cual se analizan casos de migrantes bolivianos asentados en Chile y en Argentina.

Lamentablemente, son pocos los casos de jóvenes latinoamericanos migrantes incorporados en establecimientos educativos de nivel superior, ya sean terciarios o universitarios. En Argentina, en los últimos años han arribado más jóvenes de países sudamericanos y centroamericanos con la intención de realizar estudios universitarios de grado y especialmente de posgrado. Estos jóvenes no pertenecen a los grupos migratorios mayoritarios, sino que provienen de sectores medios altos que, en muchos casos, cuentan con apoyo parental para realizar los estudios. En cambio, los jóvenes de los grupos migrantes mayoritarios –provenientes de Paraguay, Bolivia y Perú– tienen menos chance de incorporarse y desarrollar una carrera terciaria o universitaria. Con independencia de sus expectativas escolares, las familias de estos jóvenes generalmente no tienen posibilidades de sostener las carreras de sus hijos, y a ellos se les hace muy complicado enfrentar las duras condiciones laborales y de vida que les impone Argentina y, al mismo tiempo, realizar una carrea superior (Canevaro, 2006).

Jorge Martínez Pizarro (2009) menciona que la escolaridad relativamente elevada de los jóvenes inmigrantes latinoamericanos en España no asegura una inserción laboral acorde. Esa afirmación es también válida para quienes se destinan en la Argentina y en Estados Unidos (Canales, 2014). Según Naciones Unidas (2013) la desaceleración económica experimentada por muchos países se ha traducido en la reducción de las oportunidades de empleo para los migrantes y, en algunas áreas, se ha intensificado la percepción pública negativa hacia ellos. La evidencia de anteriores períodos de recesión económica sugiere que los inmigrantes jóvenes tienen más probabilidades que otros trabajadores de perder sus puestos de trabajo en una recesión, tanto a causa de su bajo capital humano (incluyendo el logro académico limitado, escasa experiencia laboral previa a la migración, y la competencia en el idioma) y porque a menudo son empleados en sectores que tienden a ser los más afectados en tiempos de crisis, como la construcción y la manufactura.

Un hallazgo significativo es que, a excepción de lo que ocurre en EE.UU., todas las mujeres inmigrantes recién llegadas, independientemente de la región el desarrollo/país y de la edad, muestran una mayor concentración laboral que los varones; este patrón de concentración en el trabajo es similar para los flujos de jóvenes (McKenzie, 2008). Específicamente, y en los tres principales destinos migratorios, entre las mujeres migrantes suele haber una alta concentración alrededor de las actividades de cuidado y trabajo doméstico (Hondagneu Sotelo, 2011; Canales, 2014: Ariza, 2011; entre otros).

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Foto: Luz verde (PS). Autor: Mt Buffo. / Flickr.com / CC BY-NC-ND-2.0

Los estereotipos vinculados a colectivos migrantes específicos constituyen un factor simbólico de gran porte, y en gran medida son responsables de la concentración en actividades de bajo prestigio, mal remuneradas y de carácter informal, de las cuales resulta difícil desligarse. Tal es el caso de las paraguayas en el trabajo doméstico en Argentina. También es el caso de las jóvenes dominicanas y brasileñas en España, quienes siguen siendo asociadas con la prostitución, aun cuando hay evidencias de su acceso a otros tipos de trabajos. En estos casos se produce una articulación perversa entre clase social, condición étnica y origen nacional, dando lugar a formas estructurales de desigualdad y estigmatización.

En síntesis, los jóvenes migrantes encuentran en los diversos destinos “condiciones desventajosas en los logros educativos y de inserción laboral, lo que probablemente redunda en un rápido tránsito a la vida adulta, implicando la asunción de responsabilidades vinculadas a la formación de hogares, asunto que afecta de manera más visible a las mujeres” (Martínez Pizarro, 2000: 55). Respecto de este aspecto Singley y Landale (1998), documentan que las mujeres puertorriqueñas que migraron solteras a Estados Unidos tienen mayor propensión a unirse y procrear que las puertorriqueñas no migrantes. Ferraris y Rosas (2011) encuentran algo similar entre las jóvenes peruanas en el Área Metropolitana de Buenos Aires: las migrantes jóvenes están formando sus familias a más temprana edad que las que permanecen en Perú. La soledad, la falta de contención familiar y las necesidades habitacionales son los argumentos comunes que explican las rápidas uniones. A partir de esa información abonamos la conjetura de que, más allá del componente afectivo, muchas uniones conyugales de las migrantes peruanas jóvenes pueden comprenderse como una estrategia material para enfrentar las condiciones adversas que encuentran en el país de destino.

NI DE AQUÍ, NI DE ALLÁ: LOS HIJOS DE MIGRANTES Y LOS RETORNADOS

Quisiera detenerme rápidamente en dos aspectos que merecen atención en cualquier agenda de investigación y política. Por un lado, me refiero a los “hijos de migrantes” nacidos en los países de destino, las mal llamadas “segundas generaciones” (García Borrego, 2003). Es común que en el estudio de las migraciones, y especialmente entre los especialistas y organismos de los países del Norte, se entienda por segundas generaciones a los hijos de los migrantes nacidos en el país de destino. Es decir, aunque no son migrantes, estos jóvenes suelen ser pensados y nombrados como tales, con el fin de diferenciarlos y disminuir su condición de nacionales con derechos plenos.6 En el caso de Argentina, España y Estados Unidos, hablar de segundas generaciones de migrantes sería referirse, en verdad, a primeras generaciones de argentinos, españoles y estadounidenses.

Los hijos de migrantes suelen experimentar las mismas dificultades que los jóvenes migrantes. Alejandro Portes (2005) refiriéndose a los destinados en Estados Unidos, menciona que las posibilidades de las familias de brindar a sus hijos un proceso de inserción exitoso dependen de sus recursos sociales y económicos y de los que puedan generar comunitariamente. Muchas se establecen en áreas centrales de las ciudades, donde a menudo sus hijos asisten a escuelas de mala calidad y se exponen a la “cultura de la droga”. Según el autor, la aculturación a las normas y valores de la sociedad receptora no es un medio para acceder al éxito material y a mayor estatus social, sino lo opuesto.

En España, los distintos estudios sobre hijos de padres latinoamericanos brindan un panorama desalentador respecto de sus experiencias escolares, laborales y de socialización en diversos espacios. Según Claudia Pedone (2010) se generan múltiples dificultades para la inserción educativa y laboral de los hijos e hijas y para una apuesta educativa de larga duración en los lugares de inmigración. En ese contexto (donde la pertenencia cultural, el dilema del retorno y el asentamiento definitivo, la discriminación de clase, de género y de etnia, se entrecruzan con sentimientos de xenofobia y actitudes racistas dentro del propio colectivo, como frente a la sociedad de destino) “los hijos y las hijas de familias de origen inmigrante deben construir su propia y singular pertenencia”.7

Por otro lado, y conforme avanzan las políticas restrictivas y de retorno compulsivo implementadas por Estados Unidos y España, en las agendas no pueden estar ausentes los jóvenes retornados a sus países de origen o a los países de origen de sus padres. Esta “tendencia”, por su carácter relativamente reciente, cuenta con muy escasos antecedentes analíticos. Claudia Pedone ha realizado análisis acerca de los jóvenes retornados a Ecuador y Colombia desde España, mostrando las complejidades que deben atravesar. Asimismo, en un estudio sobre jóvenes salvadoreños retornados de Estados Unidos (Gaborit y otros, 2012) se encuentra que a la alegría inmediata de encontrarse de regreso junto a los seres queridos, le siguen momentos de depresión, desadaptación y descontextualización de la realidad, lo cual genera tensiones en los círculos más cercanos al joven migrante. Sus parámetros de visión e interpretación de la realidad se han modificado. Así, el proceso de retorno se facilita o se dificulta dependiendo de los apoyos sociales locales que el/la retornado mantuvo durante su ausencia o que se restablecen a su retorno. En muchos de los casos analizados, pasado cierto tiempo, los jóvenes retornados comienzan a valorar marcharse nuevamente a Estados Unidos.

CONSIDERACIONES FINALES

Las restricciones asociadas con procesos económicos, políticos y administrativos de los lugares de origen, tránsito y destino operan en las experiencias migratorias de los jóvenes como obstáculos para el ejercicio de derechos (Di Leo y Tapia, 2013: 209). En las páginas anteriores hemos visto que hay múltiples trayectorias migratorias posibles. Algunas de ellas se condicen con las expectativas previas, mientras que otras trayectorias –quizás la mayoría de ellas– son configuradas por dificultades de distinta índole y distan de ser las esperadas. Las duras condiciones en que transcurre el movimiento de muchos jóvenes latinoamericanos transforman a la migración en un evento no celebratorio. El derecho a no migrar debe considerarse tan importante como el de migrar en condiciones dignas. Los Estados Nación involucrados en los procesos migratorios tienen responsabilidades en la garantía de ambos derechos, tanto en los orígenes, como en los tránsitos y los destinos. Similar o mayor responsabilidad le cabe al empresariado –nacional y transnacional– cuya conducta económica destruye fuentes de empleo y conduce a una mayor concentración de la riqueza, produciendo cada vez más pobres y más migrantes.

Hemos colocado atención en las distintas motivaciones que mueven a migrar a los jóvenes. Además, diversos estudios consideran que en la etapa juvenil suele ser más frecuente la “romantización” de las expectativas migratorias y una menor evaluación de las complicaciones inherentes al movimiento. Es por ello que una de las sugerencias que los Estados deben atender es la de construir canales informativos dirigidos a los jóvenes potenciales migrantes, no sólo para alertarlos sobre las dificultades que podrían presentarse, sino para brindarles una estructura de recursos de la cual valerse en caso de necesidad. Las tecnologías de la información y la comunicación constituyen insumos valiosos para llegar a los jóvenes, en la medida que gran parte del caudal informativo que llega a estos “nativos digitales” se transmite mediante las redes sociales virtuales.

Otro tema para la agenda académica y política es el de los adolescentes y jóvenes que migran sin compañía parental. Si bien no contamos con estadísticas claras al respecto, la experiencia de las organizaciones locales, nacionales e internacionales ubicadas en fronteras clave (la frontera sur de México y sur de Estados Unidos) indica que estamos ante un fenómeno en franco crecimiento, producto de las políticas migratorias restrictivas impuestas por Estados Unidos. Sin duda, los países de tránsito, como México, tienen también responsabilidades enormes en el aseguramiento de la integridad de los migrantes.

Merecen atención las dificultades particulares que los adolescentes y jóvenes experimentan en los ámbitos escolar y laboral en los países de destino. Resulta preocupante la evidencia acerca de la discriminación y maltrato de la que suelen ser objeto los jóvenes en la escuela media, así como la falta de preparación, y en algunos casos de voluntad, de los directivos y docentes para resolver satisfactoriamente esas situaciones. Sin dudas mayores esfuerzos deben dirigirse, por un lado, a la construcción y fortalecimiento de lazos sociales entre los jóvenes, a la erradicación de conductas dañinas y, por otro lado, al fortalecimiento de las competencias de los adultos responsables.

Hemos mostrado, además, que también en el ámbito laboral los jóvenes suelen experimentar más desventajas que los adultos. En los estudios de género, y aunque hay evidencias mixtas, en general se sostiene que la incorporación de la mujer en el mercado de trabajo extra doméstico es, potencialmente, un factor de autonomía e independencia. Pero conviene advertir que la asociación entre trabajo extra doméstico y autonomía se ha realizado principalmente para las adultas; las jóvenes casi no han sido incorporadas en esa discusión. Entre las jóvenes, aunque su ingreso al mercado de trabajo les significara autonomía económica y de decisión, hay que preguntarse si ello no se lograría a costo de su empobrecimiento y de una menor escolaridad.

Insistimos en la necesidad de no denominar “segundas generaciones” a aquellos hijos de migrantes que nacen en países donde rige el criterio ius solis (donde se asume la nacionalidad del lugar de nacimiento). Con apoyo en Sayad (1994), García Borrego (2003) señala que caracterizar a una población a partir de su filiación supone una biologización tácita, una forma extrema de esencialización próxima al racismo, pues implica la idea de que la condición de inmigrante se trasmite de padres a hijos junto con el resto de rasgos naturales y sociales.

También hemos resaltado la problemática del retorno. En muchos casos, estos jóvenes transcurrieron su niñez y adolescencia en el país que los está obligando a retirarse. Deben abandonar la vida que tenían, y moverse hacia el país del cual salieron cuando eran pequeños. Estas trayectorias requieren ser analizadas y atendidas en las agendas políticas internacionales.

En pocas palabras, según Di Leo y Tapia (2013: 223) los jóvenes migrantes atraviesan en sus vidas simultáneas y múltiples situaciones de vulnerabilidad configuradas por el cruce entre sus características personales –psicológicas, afectivas, corporales–, sus vínculos –familiares, parejas, amigos, vecinos– y las condiciones institucionales y estructurales –económicas, políticas, sociales, educativas, culturales– de los países de origen, de tránsito y de destino. “Frente a estas situaciones despliegan diversos tipos de soportes –afectivos, materiales o simbólicos– que les permiten sostenerse en el mundo y proyectar sus vidas”. Todos los elementos señalados en este artículo indican la relevancia de emprender análisis específicos que pongan como sujetos principales de estudio a los jóvenes migrantes, hijos de migrantes y retornados.

Para finalizar, cabe resaltar que en el análisis de las experiencias juveniles en la migración internacional hay una presencia selectiva de ciertos jóvenes en detrimento de otros, como los indígenas. Suele suceder, además, que los jóvenes indígenas están presentes en nuestras investigaciones, pero la categoría étnica queda opacada por la categoría nacional. Esta falta de reconocimiento a la condición étnica es común en los estudios que se enfocan, por ejemplo, en las migraciones originadas en los países andinos. Hay aquí un amplio campo de interés, en la medida que debemos incorporar la condición étnica para dar cuenta y atender las mayores dificultades y subordinaciones que las y los indígenas padecen, evitando, al mismo tiempo, que se convierta en una categoría estigmatizante.

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CONTENIDOS MULTIMEDIA DISPONIBLES EN RedEtis

Jóvenes franceses buscan nuevos horizontes. Testimono de una protagonista

 Pasante en RedEtis. Su mirada acerca de los jóvenes y las migraciones japonesas a Argentina

* Socióloga y Dra. en Estudios de Población. Investigadora del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) de Argentina y del Instituto de Investigaciones Gino Germani de la Universidad de Buenos Aires.

1. Muchos jóvenes latinoamericanos, muchos de los que migran, no prosiguen estudios e ingresan a la vida laboral y reproductiva a edades tempranas. Aun así, siguen siendo jóvenes. “Son jóvenes para sí mismos porque sienten la lejanía respecto de la vejez y de la muerte, y porque lo son para los otros, que los perciben como miembros jóvenes, nuevos, con determinados lugares y roles en la familia y en otras instituciones: su juventud es ratificada en la vida cotidiana por la mirada de los otros” (Margulis, 2009:108).

2. Ella imaginaba que al principio sería camarera en un bar o restaurante elegante de Buenos Aires, y luego podría cumplir su sueño de trabajar en un estudio de arquitectura. Nunca imaginó que sólo encontraría trabajo como empleada doméstica. Entre los jóvenes mexicanos también se observan ilusiones y expectativas que no son satisfechas luego del movimiento.

3. Lo anterior se evidencia en la legislación migratoria argentina (Ley 25871), pero también en la cotidianidad: tanto en las posibilidades que encuentran los extranjeros irregulares para inscribirse y cursar carreras terciarias o universitarias, como en la posibilidad de ser atendidos gratuitamente en los servicios de salud. Lo expresado no ignora que los migrantes encuentran muchos escollos para ser atendidos por las instituciones argentinas y que cotidianamente se enfrentan a situaciones de discriminación y explotación por su condición de extranjeros irregulares y pobres. Sólo se trata de pensar relativamente respecto de las condiciones en los países del Norte.

4. Hay suficiente evidencia de que las mujeres, y especialmente las adolescentes y jóvenes, tienen mayor riesgo de ser vulneradas sexualmente (Temin y otros, 2013).

5. La investigación oficial menciona que se trató de un suicidio, pero todavía se está analizando el caso. De cualquier manera, la muerte de Noemí está explicada por las condiciones de indefensión y maltrato en que transcurrió su tránsito y por la imposibilidad de enfrentar física e intelectualmente tamaña empresa a una edad tan temprana.

6. Pierre Bourdieu “observó que la asignación de una denominación específica a un colectivo es el primer paso para constituirlo como grupo y atribuirle una identidad. Muy pocos agentes  detentan ese formidable poder simbólico de imposición de criterios de percepción (es decir, de definición de la realidad), que tiene un claro efecto performativo, puesto que implica definir los límites del colectivo a designar, produciendo inevitablemente efectos en su autopercepción grupal y en la individual de cada uno de sus miembros. No es absoluto casual que a menudo, como en el caso de los hijos de inmigrantes, esa asignación se aplique a colectivos que ocupan posiciones subordinadas en la estructura social, subordinación que entraña el estar sujetos a ser heterodesignados, esto es designados por otros distintos de ellos mismo y designados como otros” (García Borrego, 2003:14).

7. Existen otros “hijos de migrantes”: los que se quedan en los países de origen mientras su madre y/o padre migran. Estos niños, adolescentes y jóvenes, si bien no son migrantes, se ven afectados por este fenómeno de diversas maneras.

 

 

 

 

 

 

 

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